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EL APORTE DE LAS MUJERES AL TRABAJO

Culturalmente a las mujeres se les ha asignado roles relacionados al trabajo de la crianza y labores domésticas, de alimentación y cuidado de personas. Actividades que no son remuneradas monetariamente, además de ser invisibilizadas y no reconocidas socialmente.
Por su parte, las mujeres que trabajan remuneradamente le dedican 6 horas al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres solo 3. En el caso de las personas desocupadas, las mujeres realizan 7 horas de trabajo doméstico, frente a los hombres que solo usan 3 horas en estas labores, aun cuando también se encuentran inactivos. Por lo tanto, las mujeres estando o no trabajando ocupan casi las mismas horas en el trabajo doméstico que no es remunerado, aunque sí tenga un precio de mercado.

La autonomía económica de las mujeres apunta a la capacidad de generar ingresos y recursos propios a partir del acceso al trabajo remunerado en igualdad de condiciones que los hombres. Las mujeres hemos pasado de un 45,3% de ocupación en el 2010 a un 48.0% en el año 2016. La jefatura femenina es predominante en los hogares de menores ingresos: un 52,8% de los hogares del primer decil de ingreso, tiene a una mujer como jefa de hogar. En el quinto decil de ingreso, es decir, de sectores medios de la población, la participación de la jefatura de hogar femenina alcanza el 40% y en el décimo decil, de mayores ingresos, llega al 30%.
La falta de herramientas para la autonomía económica de las mujeres jefas de hogar, se refleja también en los bajos niveles de escolaridad solo un 31% tiene enseñanza media completa situación que dificulta el acceso al mercado laboral. Así mismo la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo, ENUT (2015), indica que el 68,2% de las personas que desarrollan actividades de cuidado de dependientes al interior del hogar, son mujeres, lo que tiene más impacto en las jefas de hogar únicas responsables en el hogar. Esto limita su autonomía para decidir y acceder a oportunidades laborales. Un estudio del SERNAM (2014), señala que la mayor proporción de las jefas de hogar se capacita laboralmente en rubros feminizados, en los que se concentran las mayores condiciones de precariedad en el mercado. La misma fuente destaca la débil vinculación de las jefas de hogar con la oferta pública, lo que incide en la disposición de herramientas y es factor clave para el empoderamiento de las jefas de hogar y mejora sostenible de su situación CEM (2016).
Porque es importante la participación laboral de las mujeres
Los informes y estudios que realiza en Instituto Nacional de Estadísticas traspasan a números algunos aspectos de la brecha de género que vivimos las mujeres a diario. Hoy, una nueva conmemoración del Día Internacional del Trabajo, nos convoca a revisar por los derechos de los y las trabajadores/as los indicadores relativos a materias laborales con sesgo de género.
En 2017 en nuestra región, la tasa de participación femenina laboral fue 42,5%, según los datos que nos entrega el Estudio Nacional de Empleo (ENE), existiendo una diferencia de 23,6 puntos porcentuales respecto de la participación de los hombres en el mercado laboral, la que alcanzó 66,1%. Este número nos da cuenta de la vulnerabilidad económica a la que estamos sometidas. Pero no es sólo esa cifra visibiliza esta realidad, hay otras que la complementan. Por ejemplo, también en 2017, tan solo el 39,1% de las mujeres en la Región del Biobío en edad de trabajar se encontraban ocupadas. Se le suma el hecho que en el último trimestre del año pasado, la tasa de ocupación informal femenina en la Región del Biobío correspondió a 31,7%, significando que esas mujeres ocupadas no están cubiertas por el sistema formal de seguridad social, precariedad que probablemente se traspasa a sus hijos.
Otra cifra que habla de la gran brecha de género en nuestra región es la cantidad de mujeres inactivas laboralmente en la Región, la que en 2017 fue de 63,5%. De ellas el 97, 2%, es decir casi la totalidad, declararon estar en esa situación por razones familiares permanentes. Aquí lo que se lee es que son responsables del cuidado de algún miembro de la familia ya sea este menor de edad, adulto mayor o discapacitado. Recordemos que nuestra sociedad culturalmente indica que es la mujer la que se debe hacer cargo de esta labor, impidiendo de esta forma el desarrollo económico y/o personal de la “cuidadora”.
Según la ONU, el promedio de tiempo dedicado por las mujeres a los cuidados asistenciales y el trabajo doméstico no remunerados es el triple en comparación al de los hombres, según los datos de encuestas realizadas en 83 países. Los datos indican que el tiempo que se dedica a tareas domésticas es la causa de una proporción elevada de la brecha entre los géneros en el trabajo no remunerado.
Brecha salarial “A igual pega, igual paga”
Por su parte, el Observatorio Laboral del Biobío nos entrega otras cifras relevantes, entre las que destaca la de los salarios. En nuestra región un hombre recibe un ingreso promedio de $485.449 mensuales, frente a $347.320 de una mujer, es decir casi 140 mil pesos de diferencia. Situación que se ve agravada por la preparación que presentamos al enfrentarnos al mundo laboral, ya que las mujeres tenemos en promedio 12.2 años de estudio frente a 11.3 años de los varones. Una mayor diferencia se observa al comparar los porcentajes de estudios superiores, donde las mujeres en un 30,4% hemos completado los programas de estudios superiores frente a un 21.7% de los varones.
La pregunta ahora es ¿Donde trabajan esas mujeres? El mismo centro de estudios nos indica que un 99% del personal doméstico son mujeres al igual que el 95,2% de las niñeras. Ambas ocupaciones son señaladas como las de menor remuneración.
Según expertos en la materia, la brecha entre mujeres y hombres, se explica con diversas variables: barreras de entrada, las segmentaciones horizontal y vertical del mercado del trabajo y las condiciones laborales en los distintos sectores productivos.
Tenemos como país y como región, mucho trabajo por delante, enfocado no solo en el aspecto laboral, sino que también en el acortar las brechas en participación, aumentar cantidad de mujeres en los cargos directivos, cargos de elección popular, donde si bien en estas últimas elecciones subimos a un 23% de representación en ambas cámaras, es bajo considerando que las mujeres somos el 51% de la población del país.

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